2 nov 2008

Conversatorio


MARCO INTRODUCTORIO

El siglo XX ha sido estremecedor. Dos guerras mundiales de rapiña significaron la mayor carnicería humana y reparto del mundo. A la primera sucede el triunfo de la Revolución de Octubre; a la segunda, trascendentales cambios políticos y sociales: Un poderoso Movimiento de Liberación Nacional que remece el mundo, en particular Asia y África, y como parte de éste el triunfo de la Revolución China el 49, que va a significar que el país más poblado de la tierra pase al campo socialista. Posteriormente el triunfo de la Revolución Cubana va a repercutir indiscutiblemente en toda América. El Socialismo, la Revolución van a adherir una opinión favorable a nivel mundial y poner, en consecuencia, en primer plano, entre los círculos intelectuales de Europa y América Latina, el tema del compromiso social del escritor. En Europa de la post guerra gran parte de la intelectualidad asumía posiciones de izquierda y el arte manifestaba por eso en sus diversas facetas un contenido social (baste mencionar el neorrealismo en el cine italiano).
La burguesía con EEUU a la cabeza y como parte de la “Guerra fría cultural” contrapone la idea de que política y arte son dos mundos distintos y separados y que el verdadero artista se abstrae de la preocupación social.

En este contexto el Perú vive el desarrollo del capitalismo burocrático acompañado de una aguda lucha de clases que se extiende hasta los 60 y parte de los años 70: lo evidencian el movimiento campesino, el movimiento obrero y estudiantil, la lucha armada, particularmente del MIR y el ELN el 65.

De este proceso surge la denominada “generación del 50” que influye notablemente en la vida social, política y cultural del país. En particular se le atribuye renovar la literatura peruana y fundar una nueva narrativa. En este rumbo a fines de los 60 emergen un conjunto de escritores involucrados de manera activa en el proceso político del país siendo el más consistente el grupo “Narración”. Por estos años el Velasquismo prosigue con la profundización del capitalismo burocrático.

En el plano internacional, en el año 56 se produce la restauración capitalista en la URSS y Jruschov propugna “la coexistencia pacífica”. En agosto del 66 el PEN Club celebra un Congreso titulado “Entierro de la Guerra Fría en Literatura” y se habla de la “coexistencia literaria”. El propósito de este planteamiento no era sino contener y neutralizar las fuerzas revolucionarias llamando a la conciliación de clases en un momento de ascenso socialista, en pleno inicio de la Gran Revolución Cultural Proletaria en China. Sin embargo, el 76 desaparece Mao Tsetung y se va a producir la segunda gran derrota del proletariado en el siglo XX iniciándose el repliegue de la ola revolucionaria.

La década del 80 plantea a la literatura peruana una situación de aguda convulsión social y política. La guerra interna remece nuestro país hasta sus cimientos. El crítico Gonzáles Vigil considera a los años 80 como “los más convulsos y desestructuradores que haya padecido el Perú desde el drama crucial de la conquista”. Frente a este proceso político-social los escritores y artistas adoptan diferentes posturas y actitudes que van desde el compromiso militante, caso Hildebrando Pérez Huarancca, Félix Rebolledo, entre otros; hasta la toma de posición en abierta defensa del Estado y contra la violencia revolucionaria, caso Mario Vargas Llosa con “Historia de Mayta”, “La Guerra del Fin del Mundo” y otras obras y artículos, pasando por posiciones pequeño burguesas o anarquistas como Kloaka.

A fines de los 80 nuevamente el mundo se conmueve con hechos de gran repercusión como la caída del Muro de Berlín, los sucesos de Europa Oriental, el desmembramiento de la ex-URSS, todo lo cual evidenciaba la desaparición del campo socialista y redundaba en beneficio de una recuperación transitoria de EEUU, basada en nuevos rubros de producción como la informática, las telecomunicaciones, la biogenética, etc. Entonces EEUU deviene en superpotencia hegemónica única y desata una ofensiva contra lo que quedaba de la Revolución en diversos planos, incluido el ideológico, para la estructuración de un nuevo orden mundial. Se predica “la caducidad del marxismo”, “el fracaso del socialismo”, “el fin de las ideologías” y todo esto repercute. Ocurre que intelectuales que habían adoptado posiciones de izquierda van a replegar sus banderas primigenias y en algunos casos renegar de las mismas.
Günter Grass a poco tiempo de ser premiado con el Nóbel señala en el Congreso del PEN Internacional de mayo del 2000 que el nuevo siglo se anunciaba entre los henchidos redobles de la globalización y que el precedente se despedía llevándose consigo “guerras y genocidio, hambre e inflación, el prolongado poder de las ideologías y su resquebrajamiento y abrupta bancarrota”. Fukuyama había proclamado el “Fin de la historia” y según conspicuos “futurólogos” la humanidad marchaba al establecimiento de una sola economía, de una misma cultura y las fronteras no tenían ya razón de ser y por tanto terminarían las guerras de todo tipo en el mundo. Los hechos se encargarían de desmentirlo.
Paralelamente se extiende en toda América Latina la aplicación frenética del neoliberalismo allanada en el Perú con la detención de la Dirección Política del movimiento revolucionario maoísta. Dicha política neoliberal va a promover una cultura anticientífica, centrada en el individuo, visiones parciales de la realidad y, en los 90 en nuestro país, se va a expresar –como tendencia predominante en el ámbito oficial– una literatura intimista, narcisista, acompasada con el vociferante nihilismo. De ahí la promoción de la llamada “literatura light” concebida como ingreso a una recreación ficcional que no coteja con la realidad circundante. En el ámbito poético ya en los 80 se había catapultado la “poesía erótica” a primer plano. Varias de sus tributarias van a asumir ese erotismo como una vía para reflexionar en torno a su “yo” como una suerte de escenario para hablar de su “soledad”, de su crisis sexual y familiar sustrayéndose de una realidad insoslayable como la guerra interna.

La década del 80 va a ser catalogada por sectores de la intelectualidad burguesa como la “década pérdida” en la medida, según éstos, en que no se vislumbró ni se desarrolló un definido movimiento cultural que respondiera a sus proyectos de clase dominante, llegando a estigmatizar particularmente a la juventud como “Generación X”. Súmese a esto la sistemática represión del Estado al amparo de leyes como la de Apología que no sólo va a coactar la libertad de expresión sino que va a ser usada para perseguir y encarcelar artistas e intelectuales. Todo esto para acallar cualquier manifestación artística comprometida con el proceso político-social que vivíamos en aquellos años. Tengamos en cuenta, además, la autocensura de quienes optaron por someterse a los límites impuestos por el Estado.

Pese a los canturreos del neoliberalismo, la globalización y la ofensiva ideológica que promueve el egoísmo, la competencia inescrupulosa, hoy, en diversas partes del mundo se ven luchas como las de los movimientos antiglobalización y se insufla el espíritu antiimperialista a millones de desposeídos que rechazan las agresiones que EEUU perpetra impunemente en países como Afganistán e Irak especialmente.

No obstante, las descomunales campañas publicitarias por parte de la “Industria literaria” y los monopolios editoriales que condicionan la producción de una literatura “vendible”, avalada y alabada por la crítica “oficial”, escritores, principalmente fundidos con el pueblo, han venido trabajado en otro sentido y hoy se perciben cambios. Afloran propuestas distintas aunque espontáneas. Surgen en diversas partes de América Latina nuevos discursos y escritores van deslindando con la literatura producida en el marco del neoliberalismo y empiezan a dirigir la mirada hacia la problemática de sus naciones.

En nuestro país, luego de la caída de la dictadura abierta de Fujimori y habiéndose producido cambios sustanciales en la situación política, se reimpulsa el movimiento popular, las luchas por derechos y libertades democráticas. Jóvenes universitarios rompen de a pocos con la “aventura individual” y conforman colectivos, círculos. Artistas e intelectuales empiezan a tratar con menor aprensión sobre lo vivido en las últimas décadas aunque se mantenga como herencia nefasta esa ley de Apología –como otras leyes inconstitucionales– que penden cual espada de Damocles contra la irrestricta libertad de expresión, y por tanto, de pensamiento.

Hoy, nuestro pueblo necesita solución política a diversos problemas derivados de la guerra, de modo que se aperture un proceso de Reconciliación Nacional con verdad y justicia, contraria a la impunidad y al espíritu de venganza. Nuestro pueblo no necesita que se promueva la venganza ni el encono sino más bien se esclarezca y reivindique la verdad de lo acontecido y se extraigan lecciones valiosas para el futuro. Nuestro pueblo requiere de una literatura que sirva a la nación en formación, pese a que la literatura reciente en el Perú parece no encontrar aún este camino, y que promueva el desarrollo de su extraordinario potencial transformador, que sea científica y no oscurantista, democrática y no elitista.

En este proceso de desarrollo de una literatura nacional, hay que, finalmente –y esa es nuestra propuesta–, considerar las manifestaciones artísticas de quienes se levantaron en armas, cuyos precedentes se remontan al ingente trabajo, principalmente en el movimiento campesino, en la década del 60. Todo este arte y literatura, incluido el de los ‘80 y ‘90, permanecen aún inéditos casi en su totalidad en el sentido de una versión de los propios insurgentes que siguen desarrollando una literatura sobre la base de una poderosa oralidad.
Agosto 2003

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