2 nov 2008

El mundo está cambiando



Era un cuervo de alas negruzcas y graznar chillón, eximio volador pero arrogante; creíase superior a otros animales y desdeñaba, en especial, a los pequeños.

Desde el norte volaba aquel cuervo y a todo lugar miraba -¿Dónde podré vivir con holgura?- se preguntaba el aprovechado. De pronto avistó un letrero que decía: “País de los insectos”. El ave contenta exclamó ¡Aquí está lo que quería!

Por el aire zumbaban las ovejas, en la tierra trajinaban las hormigas y, por un coposo y alto manzano, algunas orugas ascendían. El cuervo que estaba hambriento dirigióse hacia él y cuando degustaba un fruto descubrió una oruga de avanzada que subía lenta y segura, mediante ondas contráctiles.

-¡Oye!¿Qué haces?- preguntó el cuervo curioso a la oruga.

-¡Quiero conocer el mundo!¡Quiero ver todo, con amplitud, por eso intento alcanzar la cima de este manzano!- contestó la oruga

-Pero qué desdichada eres, sólo puedes arrastrarte, en cambio, yo, tengo el mundo a mis pies, puedo poseer cuanto deseo, para eso me basta solamente desplegar mis hermosas alas.

La oruga, sudorosa por el empeño puesto en cada paso, se detuvo y respondió: Cada uno desarrolla sus propias cualidades, pero también tiene sus limitaciones; por tanto, no hay de qué envanecerse.

Pero el cuervo que no era nada modesto continuó presumiendo hecho un fatuo: ¡Sólo digo la verdad! Limitaciones no existen para mí. Puedo volar libremente y elevarme por los cielos, explorar países lejanos y conocer el mundo entero – y en tono burlón agregó- ¡Me apena que no alcances a ver más allá de tus narices!

La oruga percibiendo que el cuervo no infundía ninguna confianza sino rechazo y antipatía repuso: Antes estuvieron de paso aquí algunas aves, pero nunca hubo ninguna tan molestosa como tú.

El cuervo, entonces, le gritó casi en la cara: ¡Mírame gusanillo mugroso!¡Puedo elevarme más alto que tu manzano!- Pegó un salto, dio volteretas, voló en picada, planeó e hizo otras piruetas. Regresó satisfecho a pavonearse: Tienes que reconocer mi superioridad. Soy estratosférico, el más fuerte, el más diestro en el aire, el de más bello y reluciente plumaje, y ...¡Siempre será así!

La oruga respondió serena: Si compitieras con otras aves de seguro habrían mejores que tú. Aquí te vanaglorias, pero no eres gran cosa. Además recuerda que el universo está cambiando siempre, todo se transforma y alguna vez perderás tus...

¡No! ¡Cállate!- interrumpió el gaznápiro erizándose - ¿Por qué quieres alterar el mundo? ¡Las cosas deben permanecer como están! ¡Tú siempre arrastrándote, y yo siendo el más hábil volador! ¡El mundo siempre ha sido así y lo seguirá siendo! ¡Jamás podrás superarme! – Y haciendo una mueca de desprecio echó a volar.

La oruga al verlo alejarse se preguntó: “¿Por qué este cuervo se empecina en mantener inalterables las cosas? Él mismo, como toda ave, empieza por ser un huevo; ahora es un cuervo diestro, pero mañana no será el mismo. Eso observé con asombro hace un tiempo al ver nacer unos inquietos gorriones. ¿Por qué difundir falsedades?, si la verdad resplandece como la luz del sol”

¡Necio!- dijo para sí. Luego siguió escalando por el tallo principal, dedicó a esta épica aventura interminables días que le permitieron hacer varios descubrimientos y aumentar su saber.

Un día sintió golpes húmedos cada vez más intensos.- ¿Qué es esto?- se inquietó y al poco rato estaba empapada. Buscó refugio entre las hojas hasta que la lluvia cesó. Al cabo pudo escuchar el bramar de un río donde antes sólo existía un cauce silencioso y seco.

De pronto percibió un aroma exquisito mientras escalaba.- ¡Qué hermosa luce esta flor!-dijo. Pero en los días siguientes aquella flor dio paso a un redondito farol verde terciopelo, antes cautivo en los pétalos radiantes, oculto todavía al mundo: ¡He aquí la futura manzana!- pensó. Todo aquello reforzó su convicción: Nadie puede negar que todo cambia.

Después de mucho trabajo alcanzó la cima del árbol y observó con emoción el bello paisaje, las próximas llanuras esplendorosas bajo el sol cercano. Nada de eso conocía antes, ahora ampliaba su visión. De hecho era superior a la de cualquiera de sus hermanas orugas y, entonces, deseó que todas pudieran también conquistar estas alturas y ver un mundo nuevo y profundo.

Sin reparar aún en el cansancio que le había causado el ascenso, hiló con esmero una diminuta casa protectora y cubrió todo el contorno con ramitas y hojas.

Más tarde, ya fatigada y exhausta, cayó en un sueño profundo. Soñó entonces que los pequeños riachuelos transparentes crecían y desbordaban su cauce en el recorrido, que los árboles resecos reverdecían un momento y se llenaban de frutos: que los pajarillos recién salidos del cascarón eran indefensos y torpes al comienzo, pero luego, al crecer, se atrevían a volar por el espacio infinito. Todo vio y se dijo más segura: ¡El mundo se transforma pese a que algunos no lo desean; lo ven pero no lo quieren ver!
Este sueño pleno de movimiento, estuvo acompañado asimismo de convulsiones y fiebres; algo le ocurría: dolores profundos punzaban su cuerpecito y un fuerte adormecimiento paralizaba sus miembros. En eso, una última y más fuerte sacudida la despertó.

Reponiéndose, y más calmada, pudo ver un hermoso amanecer: el sol fulminaba con sus rayos tibios la vasta y majestuosa extensión de la tierra y los hombres; las nubes, tímidas, se disipaban en la inmensa claridad celeste.

Se sintió extraña, distinta. Quiso desperezarse, pero cuando intentó estirar sus patitas, se extendió una colorida ala a cada costado. Quedó extasiada con el rojo y el amarillo de sus hermosas alas y con los vistosos puntitos que matizaban su abdomen.

Su cuerpo ya no era el mismo. Toda ella se había transformado. Ahora convertida en una bella y fulgurante mariposa, sintió irrefrenables ganas de escalar las alturas inconmensurables.

Voló tan alto y tan veloz como pudo. Se atrevió a unir el vértigo de la velocidad con la supremacía de la altura. Divisó lo que jamás había imaginado: ríos serpenteantes, macizos montañosos; valles y bosques se extendían ante sus ojos y abajo, muy abajo, una manchita negra que se agitaba incapaz de alcanzarla. Se acercó para observar mejor. ¡Era el cuervo presumido!, ahora desgreñado y viejo, lucía desencajado.

Entonces, convencida y llena de alegría la que fuera oruga, gritó:

¡Es posible transformar el mundo!


Cuento de Oscar Gilbonio publicado en Libro homónimo-1998

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