19 jun 2016

NUESTRO JOVALDO

No he nacido felizmente
con la boca clausurada;
me van a tener que oír
con la voz dinamitada.

Jovaldo, Habla un cantor

Hace treinta años, en la isla Penal de El Frontón, fue asesinado y desaparecido José Valdivia Domínguez (Jovaldo). Desde entonces su madre lo busca y lo venera. Sus versos aún martillan y se difunden. Nuestro homenaje a un trovador del pueblo.


Hizo la primera comunión en el Callao, donde nació en 1951, y al hacerla descubrió en las palabras del sacerdote la primera falsedad: el predicador había advertido a los párvulos que a los niños mentirosos se les adhiere la hostia en el paladar.
Jovaldo percibió en el suyo la sequedad de la lámina pegada y entendió, a sus nueve años, de quién venía la mentira. Pero además constató, que mientras a los feligreses se les brindaba una hostia casi transparente —que llamó en adelante “papel bond”—, el sacerdote se deleitaba con una mayor y más sólida y con una copa de vino adicional.
Había detectado, en su parecer, signos de falsía e injusticia y se lo increpó a la madre, pero ella, sumida en creencias tradicionales, no pudo entenderlos sino como malos pensamientos merecedores de una paliza. Así cuenta doña Francisca Domínguez, la progenitora del poeta, con evidente nostalgia.
A esa edad ya recitaba a Vallejo —continúa ella—y tardaba horas en llegar a casa tras haber salido del colegio. La razón era singular: no se había quedado distraído en algún juego frecuente de niños sino que asistía a la biblioteca local en compañía de su hermano, dos años menor, otro precoz iniciado en la declamación. Y si bien el bibliotecario pretendió echarlos en ocasiones aduciendo ¡qué van a hacer estos enanos aquí!, el interés y deleite que mostraron los niños por los libros le hicieron desistir. En la humilde casa familiar no se disponía de aquellas lecturas que estimulaban la fantasía de los chiquillos.
Así daba sus primeros pasos en las letras José Valdivia Domínguez: Jovaldo, un trabajador de la cultura popular, como él mismo se definió. Y conforme avanzó en sus estudios se hizo patente su preferencia por las matemáticas, la literatura, la música y el dibujo. Mientras que las notas más  deficientes —en rojo a veces— correspondían a religión y servicio militar, cursos que llegó a detestar. Su espíritu adolescente rechazaba la imposición de ideas sobre Dios y la patria.

Doña Francisca Domínguez, huaracina de recio temperamento; y Don José Valdivia, músico aficionado: los padres del poeta.

La familia debió mudarse a un cerro completamente árido, en lo que hoy corresponde al distrito de Tahuantinsuyo, cuando era una planicie carente de servicios de agua, luz y desagüe. La casita de esteras levantada pronto se convirtió en el centro de operaciones de los hermanos Valdivia: una especie de fortín con hojas de papel bond pegadas en sus paredes, como afiches o dazibaos, hacían de parapetos al viento, mostrando fragmentos de poemas universales que Jovaldo seleccionaba, escribía y celebraba con grandes letras.
Para los vecinos, poco aficionados a la poesía y a la lectura, constituía una muestra de locura el malgastar dinero en papel y tinta de ese modo. Para Jovaldo debió ser una muestra de libertad y proclama en una tierra tomada bajo el cielo del cono norte de Lima.
Hizo la secundaria en el colegio Ricardo Bentín y la carencia familiar no fue un obstáculo para que Jovaldo detuviera su autoformación. Además de lector impenitente de libros, adicionó a su gusto revistas de la época. Y devino también distribuidor. Mercadeaba entre la gente de Tahuantinsuyo desde folletos que prevenían enfermedades venéreas hasta la histórica revista Pekín informa. Así se proveía de un ingreso y se informaba de los aconteceres del país y del mundo.
La veta polémica se le había encendido: se le veía en largas discusiones con mormones, evangélicos y toda clase de predicadores que llegaban a su casa para exorcizarlo.  ¡Que vengan treinta, cuarenta, cincuenta y no podrán!, decía.
Apenas culminó la secundaria, a los 19 años, salió sorteado para hacer el servicio militar y doña Francisca, con el objetivo de evitarle una carrera castrense, le obligó a postular a la Universidad Federico Villarreal, con un examen de admisión en ciernes. Jovaldo le rogó mil veces que fuera San Marcos, porque consideraba a la primera infestada de aprismo. Para entonces se había vinculado a jóvenes sanmarquinos con quienes compartía inquietudes literarias y sociales. Doña Pancha invocaba al cielo y pedía por el hijo que, con razones sin importancia para ella, se oponía a sus designios.

Doña Pancha refiere que su pensamiento tradicional se confrontaba con frecuencia con el de su hijo. Aprendí mucho de él —afirma—. Yo le daba duro para que cambie y al final quien estaba equivocada era yo.

Tal vez podemos detectar otra fuente de una vena artística en el padre, don José Benjamín Valdivia, quien era un amante de la música e infundió esa preferencia en sus hijos. Tocaba la flauta, la quena y el violín y se llevó bien con los muchachos hasta su prematura muerte, en un accidente fuera del trabajo (1977). Por eso la familia no recibió indemnización alguna y quedó en el desamparo.
Jovaldo vio truncada su posibilidad de seguir estudios superiores. Era el hermano mayor y debía trabajar para ayudar a su madre y sus dos hermanos menores. Chavelita, una niña especial y de siempre, lo recuerda con viva emoción: Mi hermano era muy bueno, afirma y otorga besitos al cuadro que se conserva en un lugar especial de la casa, adornado con flores de colores.

  Yo daré la vida por ti y por todas las Chavelas, hermana…
  Y brotarán muchos árboles buenos y sanos.
  Tampoco habrán justos en las cárceles.
  Tampoco habrán víctimas en las cárceles.

Chavela conserva la inocencia de una niña. Sostiene el poemario Canto al futuro de su querido hermano.

La literatura se consolidó como la actividad que ocupaba todo el tiempo que podía disponer el joven. Se sumergía en su mundo para dar a luz una página y otra, un cuaderno tras otro. Así los manuscritos se fueron acumulando y, poco a poco,  definió su forma expresiva preferida: la décima, muy utilizada y difundida entonces por Nicomedes Santa Cruz.
En el contexto del gobierno militar de Morales Bermúdez, a mediados de los setenta, inició la difusión de sus primeras composiciones, caracterizadas por un estilo punzante, agitador. El barrio de Tahuantinsuyo le quedó corto y extendió sus andanzas a otras plazas y avenidas de la capital, incluso declamaba en buses de transporte público. Aleccionado por la vida en resolver carencias, apeló al stencil[1]y al papel periódico para dar a luz sus primeros poemarios artesanales. Con ellos asistía a cuanto evento o reunión pública donde se le permitía la palabra.
Iniciada la rebelión armada en Ayacucho en 1980, el vate, como otros peruanos, apreció el hecho con esperanza. Sus versos, que no son del gusto de los de arriba, continuaban removiendo y educando a las masas populares. El año 83 fue apresado bajo una acusación falsa.
Doña Pancha, conmocionada, inicia la batalla por la libertad de su hijo. Relee sus poemas con otra mirada, va entendiendo el sentido de los mismos, ve el mundo desde una perspectiva diferente, aligera el fardo de sus ideas tradicionales. Jovaldo amaba tanto la vida, repite. Y sacudiéndose a sí misma recuerda las palizas injustas que algunas veces le daba.
En el islote de El Frontón, Jovaldo continuará con su labor creativa, con la inspiración del mar, las aves marinas y la lucha de los camaradas presos contra el aislamiento, las restricciones y, durante el gobierno aprista, contra el genocidio en marcha.
Un 18 y 19 de Junio, hace precisamente treinta años, se llevó a cabo tal exterminio. Los prisioneros, derrochando heroicidad, resistieron a fuerzas armadas inmensamente superiores en armamento bélico.  Los caídos y ejecutados extrajudicialmente sumaron alrededor de trescientos y la sociedad peruana se conmovió por el suceso.

Jovaldo vive en la memoria del pueblo. Es ejemplo de artista revolucionario. Pensó, habló y actuó consecuentemente, lejos de quienes se mostraron radicales al extremo pero traidores en hechos.

Ellos eran muy unidos, eran todos para uno y uno para todos —confirma doña Francisca.  Al fin de la masacre, ella junto a otras madres, no pudieron hallar el cadáver del hijo y buscaron, y siguen buscando. Cuando Jovaldo cae, yo asumí la difusión de su poesía. Muy raro me sentía, porque nunca había declamado —señala.
Con el tiempo transcurrido, ella tiene apreciaciones sobre el arte de su hijo y sobre el personaje que comandó al movimiento subversivo. Dice que algunos poemas no le gustan: aquellos donde pone a “Gonzalo”. Él es un hombre —reflexiona— y por lo visto le encantaba que pusieran su nombre por todos lados porque nunca rechazó que lo mencionaran.
El señor Gonzalo nunca estuvo con nosotras —expresa con voz de madre coraje— pensé que estaba en las montañas, en los valles, en la sierra  luchando. Lo capturan en Lima, en un lugar burgués, siempre mandando cuando el papá debe estar en la lucha como ejemplo. Pero él nunca estuvo —y agrega como exigencia—: debió pedir perdón ante el pueblo, ante los familiares, que nuestros hijos no eran terroristas. No hizo eso, sino más bien acuerdos con Montesinos.
Doña Pancha se despide, tiene dolor en las articulaciones y en los huesos. Nos sigue hasta la puerta, en el abrazo nos transmite su bendición de madre, el orgullo por su hijo y su temple para seguir adelante.

Braulio Morante


[1] Plantilla sobre la que se escribía a máquina o con un punzón, resultando perforaciones. De esta manera, al papel solo llega la tinta que pasa por el hueco recortado de la plantilla.


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